viernes, 15 de agosto de 2008

Sobre si Dios nos engaña y el "geniecillo maligno"

-Por consiguiente -continué-, la divinidad, pues es buena, no puede ser causa de todo, como dicen los más, sino solamente de una pequeña parte de lo que le sucede a los hombres; mas no de la mayor parte de las cosas. Pues en nuestra vida hay muchas menos cosas buenas que malas. Las buenas no hay necesidad de atribuírselas a ningún otro autor; en cambio, la causa de las malas hay que buscarla en otro origen cualquiera, pero no en la divinidad.

[...]

- ¿Pues qué? -pregunté-. ¿Puede un dios desear engañarnos de palabra o de obra presentádonos una mera apariencia?
-No lo sé -contestó-.
-¿No sabes -interrogué- que la verdadera mentira, si es lícito emplear esta expresión, es algo odiado por todos los dioses y hombres?
-¿Cómo dices? -preguntó a su vez.
-Digo -aclaré- que en mi opinión nadie quiere ser engañado en la mejor parte de su ser ni con respecto a las cosas más transcendentales; antes bien, no hay nada que más se tema que el tener allí arraigada la falsedad.
-Sigo sin entenderte -dijo.
-Es porque esperas oirme algo extraordinario -dije-. Y lo que quiero decir yo es que ser y estar engañado en el alma con respecto a la realidad y permanecer en la ignorancia, y albergar y tener albergada allí la mentira es algo que nadie puede soportar de ninguna manera y que detestan sumamente todos cuantos la sufren.

[...]

-No podemos, pues, concebir a un dios como un poeta embustero.
-No lo creo.
-¿Mentirá, pues, por temor de sus enemigos?
-De ninguna manera.
-¿O le inducirá a ello alguna locura o perturbación de un amigo?
Ningún demente ni insensato -dijo- es amigo de los dioses.
-Luego no hay razón para que un dios mienta.
-No la hay.
-Por consiguiente, todo lo demónico o divino es absolutamente incapaz de mentir.
-Absolutamente -dijo.
-La divinidad es, por tanto, absolutamente simple y veráz en palabras y en obras y ni cambia por sí ni engaña a los demás en vigilia ni en sueños con apariciones, palabras o envíos de signos.

Platón, República, 379c, 382a-e. Traducción de José Manuel Pabón y Manuel Fernández Galiano.


A continuación, reflexionando sobre que yo dudaba y que, en consecuencia, mi ser no era omniperfecto, pues claramente comprendía que era una perfección mayor el conocer que el dudar, comencé a indagar de dónde había aprendido a pensar en alguna cosa más perfecta de lo que yo era; conocí con evidencia que debía ser en virtud de alguna naturaleza que realmente fuese más perefecta. [...] Pero no podía pensar lo mismo de la idea de un ser más perfecto que el mío, pues que procediese de la nada era manifiestamente imposible y, puesto que que no hay repugnancia menor en que lo más perfecto sea una consecuencia y esté en dependencia de lo menos perfecto, que la existente en que algo proceda de la nada, concluí que tal idea no podía provenir de mí mismo. De forma que únicamente restaba la alternativa de que hubiese sido inducida en mi por una naturaleza que realmente fuese más perfecta de lo que era la mía y, también, que tuviese en sí todas las perfecciones de las cuales yo podía tener alguna idea, es decir, en una palabra, que fuese Dios.

[...]

¿Cómo podemos saber que los pensamientos tenidos en el sueño son más falsos que los otros, dado que frecuentemente no tienen una claridad y vivacidad menor? Y aunque los ingenios más capaces estudien esta cuestión cuando les plazca, no creo que puedan dar razón alguna que sea suficiente para disipar esta duda, sino presuponen la existencia de Dios. Pues, en primer lugar, incluso lo que anteriormente he considerado como una regla ( a saber: que lo contenido clara y disitintamente es verdadero), sólo es seguro si Dios existe, es un ser perfecto y todo lo que hay en nosotros procede de él.

[...]

Por tanto, después de que el conocimiento de Dios y el alma nos han convencido de la certeza de esta regla, es fácil conocer que los sueños que imaginamos cuando dormimos no deben en forma alguna hacernos dudar de la verdad de los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos. [...] Y puesto que nuestros razonamientos no son jamás tan evidentes ni completos durante el sueño como durante la vigilia, aunque algunas veces nuestras imágenes sean tanto o más vivas y claras, la razón nos dicta igualmente que, no pudiendo nuestros pensamientos ser todos verdaderos, ya que nosotros no somos omniperfectos, lo que existe de verdad debe de encontrarse infaliblemente en aquellos que tenemos estando despiertos más bien que en los que tenemos mientras soñamos.

Descartes, Discurso del método, parte IV. Traducción de Guillermo Quintás.

Pero, pensándolo mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía, por ilusiones semejantes. Y, fijándome en este pensamiento, veo de un modo tan manifiesto que no hay indicios concluyentes ni señales que basten a distinguir con claridad el sueño de la vigilia, que acabo atónito, y mi estupor es tal que casi puede persuadirme de que estoy durmiendo.

[...]

Y, sin embargo, hace tiempo que tengo en mi espíritu cierta opinión según la cual hay un dios que todo lo puede, por quien he sido creado tal como soy. Pues bien: ¿quién me asegura que el tal Dios no haya procedido de manera que no exista tierra, ni cielo, ni cuerpos extensos, ni figura, ni magnitud, ni lugar, pero a la vez de modo que yo, no obstante, sí tenga la impresión de que todo eso existe tal y como lo veo? Y más aún: así como yo pienso, a veces, que los demás se engañan, hasta en las cosas que creen saber con más certeza, pdría ocurrir que Dios haya queri do que me engañe cuantas veces sumo dos más tres, o cuando enumero los lados de un cuadrado, o cuando juzgo de cosas aún más fáciles que ésas, si es que son siquiera imaginables. Es posible que Dios no haya querido que yo sea burlado así, pues se dice de Él que es la suprema bondad. Con todo, si el crearme de tal modo que yo siempre me engañase repugnaría a su bondad, también parecería del todo contrario a esa bondad el que permita que me engañe alguna vez, y esto último lo ha permitido, sin duda.

[...]

Así pues, supondré que hay, no un verdadero Dios -que es fuente suprema de verdad- , sino cierto genio maligno, no menos artero y engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su industria para engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y las demás cosas exteriores, no son sino ilusiones y ensueños, de los que él se sirve para atrapar mi incredulidad. Me consideraré a mí mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, sin sangre, sin sentido alguo, y creyendo falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente fijo en ese pensamiento, y si, por dicho medio, no me es posible llegar al conocimiento de alguna verdad, al menos está en mi mano suspender el juicio. Por ello, tendré sumo cuidado en no dar crédito a ninguna falsedad, y dispondré tan bien mi espíritu contra las malas artes de ese gran engañador que, por muy poderoso y astuto que sea, nunca podrá imponerme nada.

Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación primera. Traducción de Vidal Peña.